Domingo de Pascua 4 abril, 2010
Puesto que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes de arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios. Pongan todo el corazón en los bienes del cielo, no en los de la tierra, porque han muerto y su vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando se manifieste Cristo, vida de ustedes, también ustedes se manifestarán gloriosos juntamente con él. (Col 3:1-4)
Cuando las mujeres regresaron del sepulcro, anunciaron todo lo que habían visto y oído a los once apóstoles. Pero todo esto “les parecían desvaríos, y no les creían”. (Luc 24:11)
Desvaríos, cosas increíbles, hechos afuera de la orden común de la naturaleza. Así lo consideraron los apóstoles lo que se les dijeron las mujeres que fueron al sepulcro del Señor Jesús, sólo para encontrarlo vacío. ¿Una visión de ángeles? ¡Imposible! Que alguien quebrante la ley de la muerte: no se puede.
Sabemos lo que sabemos. Sabemos, por ejemplo, que podemos contar con la ley de la gravedad. No se necesita preguntarnos que si la gravedad este “prendida”: está en vigor a todo momento en nuestro ambiente terrestre. Y en todo momento la gravedad nos obliga observarla. Si faltemos en darnos cuenta de un escalón, la gravedad, sin fallar, se nos recuerda, y a veces ella nos castiga. La gravedad insiste que no podemos los seres humanos volar, a no ser que con algún aparato como avión o helicóptero. Por nuestro propio poder no lo podemos hacer. La ley dicta.
La ley de la muerte, la conocemos demasiado bien. Así como la ley de la gravedad, la muerte dicta. No deja salir a sus víctimas. La muerte es y siempre ha sido final. Por eso, los discípulos no querían creer lo de Jesús resucitado, en un principio.
Pero Cristo sí, resucitó. Y se mostró a ellos, y hasta comió con ellos, por unos cuarenta días después. Los apóstoles que al principio dudaban se convirtieron en testigos de la resurrección.
¿Cómo, entonces, pudo suceder esta maravilla—esta imposibilidad? Y ¿cómo que Pedro, el líder de los apóstoles, no podía captar esta verdad? Pues lo que se le había escapado a Pedro fue que Jesús andaba con Dios. Jesús no estaba a solas a ningún momento de su vida, mucho menos en el momento de su pasión y muerte. Jesús no hizo nada de su propia iniciativa: siempre actuaba según la voluntad de su Padre. Jesús no decía nada que el Padre no le dio a decir. Vivía con Dios. Conocía al Padre a través de la fe y el amor: lo conocía por completo. Jesús conocía las leyes de la felicidad humana, y las seguía. Estas leyes obligan con certitud al igual de la ley de la gravedad.
Jesús sabía que el ser humano es hecho en la semejanza de Dios. Sabía, también, que a los seres humanos nos gusta fingir: fingir que somos menos que la imagen de Dios; fingir que somos independientes los unos de los otros y de Dios mismo; fingir que a través de nuestro poder, sea el físico o el moral, podemos esforzar a otros hacer nuestra voluntad. Jesús, sabiendo quienes somos y cómo debemos ser, vivía lo que sabía, y confió su vida y su muerte al amor de Dios por el.
Esta es la muerte de la que escribe San Pablo cuando dice:
Puesto que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes de arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios. Pongan todo el corazón en los bienes del cielo, no en los de la tierra, porque han muerto y su vida está escondida con Cristo en Dios.
Ustedes han muerto, dice el apóstol: entrando en las aguas del bautismo, escondieron su vida con Cristo en Dios. Han muerto a propensión humana de confiarse a algún poder aparte del poder del amor; han muerto a la tentación de usar el poder suyo para esforzar a otros actuar de una manera falsa, una manera y no humana. Porque la vida human tiene que llevarse con respeto y con amor, y con reverencia ante Dios, o ya nos es vida humana jamás.
Próximamente vamos a profesar nuestra fe. Vamos a utilizar las mismas palabras del credo de los apóstoles. Nuestra fe es en el Dios que resucitó a Jesucristo nuestro Señor, y promete resucitarnos a nosotros también. Hace tiempo que fuimos nosotros en las aguas del bautismo y entramos en la vida de Cristo. Es una vida de fe en Dios, cuya palabra es aún más segura que la ley de la gravedad. Es una vida de amor para con nuestros semejante, a los que escojamos reconocer como hermanas y hermanos nuestros. Es una vida de esperanza en la vida eterna y feliz del cielo, y en una vida cada vez más sincera en el presente.
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