La fe es un caminar hacia un destino que sólo Dios conoce. No es una vista de algo claro, evidente, sino una confianza en el Dios que, sí, ve; y la entrega de nuestro corazón al mismo Dios. —Lucien Deiss
Lo que le pasó a Jesús en el monte fue inevitable. Tarde o temprano, la gloria de Dios propia al Hijo eterno de Dios tenía que brillar en el rostro de Cristo. No se lo podía esconder para siempre. Sin embargo, al ver esta gloria los discípulos escogidos, Pedro, Santiago y Juan, se dejaron atónitos. Conocían el salmo que cantamos hoy: “El Señor es mi luz y me salvación”, pero nunca lo había pensado de esta manera. La luz de Dios la vieron brillar en el rostro de su Maestro, de su Amigo. Más tarde, después de la resurrección lo dijeran su Señor. “El Señor es mi luz, y mi salvación”.
En la selección del libro del Génesis Abram y su esposa, él con sus ya 75 años y ella con sólo 10 años menos, no tenían ningún futuro si no el que Dios les prometía. Les dice Dios en efecto: Confíen en mí; así como las estrellas del cielo serán sus descendientes. Imposible. Claro que era imposible. Los dos no tenían ni siquiera un solo hijo. ¿Cómo? Pero Abram creyó lo que Dios le decía, y el Señor lo tuvo por justo, lo contó justo.
Además, dice el Señor, a ti te daré esta tierra como herencia. Abram replica: Y ¿Cómo voy a saber que la poseeré? Dice el Dios de la verdad: Hagamos una alianza. Tráeme estos animales para un sacrificio; pártelos por la mitad, y coloca las mitades una enfrente a la otra, para representar un lado a ti y el otro a mí. Luego, caminemos entre las mitades para simbolizar este juramento: Que me pase a mí lo que pasó con estos animales si contradiga yo esta alianza que hoy hago contigo.
Abram creyó. Esto fue justo y necesario.
Jesús oraba—allí en el monte en la compañía de sus escogidos discípulos—y la comunión con Dios se reflejó de su cara para el bien de dichos discípulos. Así como admiramos la fe de Abram, vemos a Cristo poner su fe en Dios para la muerte que le esperaba en Jerusalén, el éxodo desde este mundo con sus límites del tiempo y el espacio, con el poder que el pecado y la muerte ganan sobre los seres humanos—desde este mundo hacia la vida que consta del puro amor. La oración de Jesús en esta escena nos revela la comunión en que él vive, y enseña a nosotros sus discípulos el medio de nuestra comunión, y de nuestra transfiguración, también.
San Pablo escribe a los filipenses: “Sean todos imitadores míos”. Quiere decir, Sean imitadores de la semejanza a Cristo que ven en mí. Quiere decir: Mantengan su mente, su corazón su modo de vivir donde su esperanza única: con el Dios que cumplió sus promesas a Abraham, en el Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos. “El Señor es mi luz y mi salvación; ¿a quién voy a tenerle miedo?” Aunque las promesas de Dios nos parezcan imposibles de realizarse, no crea que no puedas ser perdonado por los pecados del pasado; no imagina que el pecado tendrá un poder insuperable sobre tu futuro; no duda de que enfrentarás por seguro a la muerte, y que ella no te aniquilará. Que no seas desviado por pensamientos y sentimientos de desesperación. Cristo murió y resucitó por nosotros para guiarnos como nuestro pastor a la tierra prometida eterna. El mundo ahora visible no es el sumo de la realidad. Somos ciudadanos del cielo.
Desde el monte de la transfiguración, Jesús procede a su “éxodo”, confiado en el Dios que lo escoge, lo llama, lo envía en amor.
Abram había sido escogido también, y llamado para una responsabilidad especial: el fundar la familia numerosa que le otorgara un hogar, una familia en que naciera el Salvador, Jesús. Abram no sabe nada del plan de Dios, pero espera en la promesa de Dios, su única esperanza.
Y ¿Qué de nuestra vida? ¿Nos encontramos en oración, poniendo la fe y hasta la desesperación nuestras en manos de Dios? O bien ¿aún buscamos nuestra esperanza, nuestro consuelo, en cosas que cada vez nos decepcionan. ¿Es Jesús nuestro maestro y Señor de verdad? ¿Es Abram de verdad nuestro padre en la fe?
La fe es un caminar hacia un destino que sólo Dios conoce. No es una vista de algo claro, evidente, sino una confianza en el Dios que, sí, ve; y la entrega de nuestro corazón al mismo Dios. —Lucien Deiss
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