En San Carlos de Coldwater, MI, así como en San José de Kalamazoo
Santa María, Madre de Dios. Ella no es una mujer entre tantas. Ella es la elegida, la selección de Dios para el papel única de la Madre del Salvador.
Éste, el Hijo eterno de Dios, expresión perfecta del corazón y la mente de Dios, carecía un cuerpo, necesitaba la humanidad, para poder comunicar con todo ser humano.
Dios seleccionó a María para ser su madre.
• Ella fue la primera que lo llevó en brazos, que lo besó, que lo alimentó, que lo envolvió con el abrazo del amor humano.
• Ella fue la primera que lo conoció, que se maravilló de su crecimiento, que sufrió con él decepcionado por sus amigos.
• Fue ella la que le enseño sus oraciones, y le indicó su lugar en la comunidad, en la sinagoga.
Dios seleccionó a María para que Jesús naciera, y viviera y amara y enseñara. La eligió para que su Hijo pudiera perdonar y consolar, liberar y sanar a todos los en necesidad. Para esto, el Hijo necesitaba un cuerpo: los ojos y una voz humanos; la cara y una sonrisa humanas; manos y brazos y espalda humanos con los que trabajara, cargara peso, levantar a los niños. Dios escogió a María.
Dios nos ha escogido también a nosotros, a ti y a mí.
• Para darnos cuenta de la vida que Dios comparte con nuestros hijos en Cristo, y revelársela a ellos para su bien;
• Para enseñarles el amor de Dios a través de nuestro amor, y la esperanza y fe de Dios para con ellos a través de las nuestras.
• Para protegerlos del peligro en cuanto posible, y enseñarles el camino de la vida.
Esto, los niños y jóvenes a nosotros confiados así como el niño Jesús fue confiado a María, son únicos e irrepetibles. Los momentos que pasamos con ellos, también, son únicos e irrepetibles. ¿Tendremos remordimientos por nuestros errores? Es probable que sí. Pero el perdón que sana está disponible. El poder del amor de Dios,, el poder que resucitó a Jesús de entre los muertos puede levantarnos a nosotros mismos y a nuestros hijos.
El Hijo de María es Emanuel, Dios-con-nosotros, la consolación de Dios, la sabiduría y el poder de Dios, la Sonrisa y la Palabra de Dios.
Con María, debemos mantener a Cristo en el corazón, quedarnos con él mientras haya en nosotros aliento humano, y hasta que el aliento en nosotros sea el Espíritu y la vida y el amor de Dios.
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