A unos nos ocurrirá preguntar ¿Qué nos motiva celebrar el aniversario de la dedicación de la iglesia?—como si fuera nada más el recuerdo de una ceremonia que se aconteció hace seis años—mientras a otros se les pregunta ¿Porqué la celebramos en esta fecha en vez de el 15 de agosto, fecha en que fue dedicada la iglesia en el año 1915? La respuesta a esta pregunta es sencillamente que la renovación del templo en 2003 a 2004 queda en la memoria de muchos, y que desde ya antes del trabajo de la renovación material, hemos estado elucidando la labor verdadera, de la que la construcción del edificio es un símbolo, a saber la renovación de nosotros mismos como iglesia, una tarea y trabajo de la gracia de Dios. La renovación de 2004 y la dedicación que la siguió en el último día de enero señalan un día de renacimiento, el inicio de una nueva vida para un edificio viejo, pero aún más significante, el inicio de una nueva vida para una parroquia de cien años.
En el momento de la renovación, un lema se destacó para la parroquia: “Arraigado en el futuro”. A través de este lema entendemos que la grandeza del pasado la medida del servicio actual no la es. Lo que nos espera nos atrae; “el reino de los cielos”, “el reino de Dios” nos inspira, y nos conduce. Nuestras raíces están en el destino nuestro que se está desarrollando en nosotros que pertenecemos a Cristo en la Iglesia Católica de Kalamazoo.
Ya hace unos 15 años que, en oración y bajo el Espíritu de Dios, hicimos la declaración de nuestra misión que aparece casi toda semana en el boletín. Dice “Arraigado en el amor de Dios, la parroquia de San José toma como su misión de ser una comunidad de fe que da la bienvenida viviendo y compartiendo el Evangelio de Jesucristo en oración, formación, evangelización, confraternidad y servicio.” De esta manera, reconocemos que la iglesia de San José existe no sólo para los feligreses actuales de la parroquia, sino también para los muchos que buscan un hogar de fe. Nos estamos haciendo un hogar, una casa familiar donde el Espíritu de Dios en ustedes, en todos nosotros, acoge a los recién llegados y los hace sentir “en casa” entre nosotros, “en casa” con Dios a través del compartir nosotros el Espíritu de Dios con ellos. Hasta la bella forma de este templo, a nosotros dado por una generación temprana de feligreses, anuncia que esta iglesia es una “casa de oración para todos” donde nos encontramos con el Dios santo y generoso, para ser transformados por el encuentro.
A través de los años de la historia parroquial y los de nuestras vidas mortales, nos estamos componiendo en “el templo santo del Señor”, santo porque es el Señor Jesús que nos reúne aquí. A causa de que Jesús es la fuente de nuestra unidad, somos unos “santos” no por nuestros propios méritos, los logros, talentos, dotes nuestros. Ciertamente nuestra cualidad de ser “santos” no está cimentada sobre la “buena voluntad” nuestra, que esta desaparece tan pronto como oímos algún insulto o palabra negativa. No, el Señor resucitado opera en nosotros, atrayéndonos a él, suavizando nuestro corazón, moldándonos en unas “piedras vivas” que tenemos la capacidad de recibir a otras “piedras”, apoyarlos y formar con ellos una morada para Dios.
El evangelio de hoy es una historia que nos otorga una esperanza para nuestro propio futuro. Tomemos cuenta de que Jesús optó pasar el día con Zaqueo. Este Zaqueo llevaba una mala fama: se hizo rico colaborando con un gobierno de ocupación, y tal vez a través de prácticas corruptas. Jesús no decidió quedarse con él ese día porque el hombre era un modelo de la humanidad sino porque Jesús lo amaba, y porque Zaqueo se puso abierto a Cristo, que mostró su interés, y lo acogió con sinceridad.
Lo que le pasa a Zaqueo esperamos que lo mismo nos pase a nosotros también. La presencia de Jesús transforma a Zaqueo: fuera que fuera su práctica anterior, éste se dedica ahora a la justicia, a una vida justa. Nosotros acogimos a Cristo en la vida y el corazón nuestros, nos arrimamos a Cristo en su Iglesia para que él nos transforme, también, a quienes nos presentamos con el deseo de conocerlo cada vez mejor, y por medio de Cristo a Dios Padre.
Somos una Iglesia; “es nuestro deber y nuestra salvación” el reunirnos como el pueblo elegido de Dios, llamados a una comunión. Nos presentamos con humildad, para que Cristo nos guíe por el camino de la fe. La Palabra viva de Dios, Jesucristo mismo, nos transforma. Nos acercamos a él pidiendo que él nos edifique en una morada-de-Dios-en-el-Espíritu, que él nos haga cada vez más una familia en que otros reciban la bienvenida, encuentren su “hogar” espiritual.
Esta manera de presentarnos ante Dios en Cristo nos hace vivir de verdad. En Cristo llevamos una vida que sobrepasa la nuestra, en un espíritu que abraza a todos los que buscan a Dios con sinceridad, una vida verdaderamente eterna. Y mientras llevamos esta vida aquí y ahora, nos encontramos levantados a nuestro destino, la comunión con Dios, y con todos los fieles en Cristo nuestro Señor.
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