Lo que dije en la primera homilía es que el evangelio de Cristo es el mensaje vivo de Dios a los que lo pueden escuchar. No debe ser un libro cubierto de polvo en la estantería. Para los que sabemos prestarle la atención el mensaje son buenas noticias de verdad, indicaciones de dónde se encuentra la felicidad.
En el evangelio de hoy, el relato de la fidelidad de los magos nos elucida un modelo de vida para nosotros mismos. Cuatro verbos señalan unos cuatro acciones que hacemos los que queremos responder al amor de Dios. Los cuatro son: buscar, encontrar, adorar, y regresar—pero ¿cómo?
Primero: buscar. Los magos fueron en su viaje buscando no-sabían-qué. Tenían el corazón atento a la voluntad de Dios, una mente abierta a su revelación. Miraban los cielos como lo solían hacer, y vieron una estrella nueva que mucho les llamó la atención. La interpretaron como una revelación divina, revelación del nacimiento de un rey. Y la siguieron en busca ya de un niño recién nacido. Quién fuera y dónde lo encontraran no lo sabían. Pero siguieron fielmente el señal de la estrella que los guiaba y fueron conducidos a la capital del reinado de los judíos, Jerusalén, y allí pidieron audiencia con la autoridad civil en toda sinceridad.
Muy diferente es la actitud del rey Herodes. Éste, al escuchar el relato de los magos, no se emocionó sino que sintió celos para con el niño. Aparentemente el rey, al enterarse de su noticia, ha de haber explotado, figurativamente hablando. El evangelio dice: Herodes se hizo muy intranquilo y con él toda Jerusalén.
Herodes llamó a sus consejeros para aprender lo que sabían ellos del “prometido de Dios”, y envió a los magos a continuar su jornada hacia Belén, donde las Sagradas Escrituras indicaron el Mesías naciera.
Saliendo de Jerusalén, los reyes continuaron su busca hasta que la estrella proveída por Dios los condujo a la casa donde estaban su madre María y el niño. Allí, con inmensa alegría, los encontraron. Tomemos en cuenta: los magos buscaron, y buscaron hasta que encontraran al niño rey. No se aburraron de la búsqueda. No abandonaron su misión.
Luego se postraron en adoración ante el niño, ofreciéndole regalos, cosas de gran valor: oro, incienso y mirra.
Por último, según el relato bíblico, los magos, advertidos por otro señal, esta vez, un mensaje recibido en un sueño, regresaron a su país por un camino diferente.
En estos cuatro asuntos, el buscar, el encontrar, el adorar y el regresar, veo un modelo para nuestra participación en la reunión dominical de la Eucaristía, y el modelo de una vida de correspondencia con Dios.
Cada domingo, venimos a la Misa en busca. Así como los magos, buscamos al Cristo, el Mesías, el que nos puede y quiere salvar, liberar. La luz de su sabiduría resplandece aquí, y nos atrae en cuanto estemos abiertos a ella, y si no sea que tengamos motivo para estar intranquilos en su presencia. Es cuestión de la actitud que mostramos, de la condición de nuestro corazón. Tenemos que seguir buscando con un corazón cada vez más puro para encontrar a Cristo de verdad.
En esta reunión dominical encontramos al Cristo—ya bebé, ya niño, ya joven, ya hombre, ya crucificado, ya resucitado. Encontramos al que fue enviado por Dios para llevar la vida humana (nuestra vida) de una manera divina. Cristo nos enseña entregarnos por completo a Dios Padre para que experimentemos la salvación.
Aquí en la mesa del sacrificio de Cristo, nos unimos al mismo Cristo y a su madre, en una confianza semejante a la de los magos; y, así como ellos le ofrecieron sus regalos, le ofrecemos al Cristo lo mejor de lo nuestro: el tiempo a nosotros prestado, los talentos particulares que tenemos, y el tesoro que amontonamos en este mundo. A través de la oración, del servicio a la iglesia y la comunidad, y del dinero desde nuestros beneficios, le entregamos a Dios en Cristo una ofrenda cada vez más pura y completa.
Buscar, encontrar, adorar, y ¿qué? Regresar—pero ¿cómo?
Al fin de esta reunión semanal, regresamos a la vida diaria cambiados por el encuentro con Cristo, convertidos a la fe de Jesús mismo en su Padre, purificados del pecado y cada vez más dedicados a servir a nuestro Señor. Seguimos un nuevo camino, quien es Jesucristo mismo, cuya vida es del todo el modelo de una entrega digna de Dios. Esta es la vida de comunión, de una participación en la vida de Dios.
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