There is no English homily this week

LA EPIFANÍA

4 enero, 2010
 

En la Iglesia de la Inmaculada Concepción, Hartford, MI y la de San José de Kalamazoo

Hoy vamos a tener dos homilías. Esta es la primera.

El mirar un edificio desde afuera es una cosa. Otra es el entrar y conocer el edificio por dentro.

Es una cosa el escuchar la historia de un acontecimiento en el pasado. Es otra el descubrir en esa historia el principio para interpretar la vida actual.

Así es que el misterio de Jesucristo no es algo distinto de nosotros, al que miramos desde afuera, sino que nos encontramos dentro del misterio, participantes de la historia de la salvación. Tanto la manifestación del niño Jesús a los magos como el trabajo de Cristo con sus discípulos y demás gente, su ministerio público, su enseñanza y las hazañas que hizo, su muerte en cruz y su resurrección y ascensión al Padre: todo esto es la historia nuestra. A no ser que nos quedemos afuera, mirando y nada más.

Pero no. Siendo que somos Cristianos, seguidores del Camino verdadero, cada domingo nos presentamos para darle gracias a Dios por lo que está haciendo con nosotros en nuestro día, así como ha hecho con nuestros antepasados y confiamos que continuará haciendo con nuestros descendientes.

Hoy celebramos un acontecimiento clave para nosotros mismos: el día en que los primeros no-judíos llegaron a darle a Jesús la adoración que, siendo Dios, él merece. Los magos son los primeros de nosotros—los que venimos a Cristo no como miembros del pueblo Israel, sino como forasteros—que respondemos a los señales que Dios nos otorga invitándonos a tomar nuestro lugar como miembros de su pueblo nuevo, los que nacimos de nuevo en las aguas del bautismo, con la vida de hijos adoptivos del Padre eterno, con derechos plenos a la herencia que toca a los hijos del Padre. Esta herencia la compartimos los que entramos en la iglesia y tomamos nuestro lugar aquí, los que aquí adentro descubrimos el significado del evangelio, la buena noticia del amor que nos transforma no sólo para una eternidad futura a nosotros escondida por ahora, sino para la vida que llevamos cotidianamente.

Así que aquí estamos. Estemos atentos a la buena nueva de Jesucristo, Dios-con-nosotros.

EPIFANÍA

1 enero, 2010


Lo que dije en la primera homilía es que el evangelio de Cristo es el mensaje vivo de Dios a los que lo pueden escuchar. No debe ser un libro cubierto de polvo en la estantería. Para los que sabemos prestarle la atención el mensaje son buenas noticias de verdad, indicaciones de dónde se encuentra la felicidad.

En el evangelio de hoy, el relato de la fidelidad de los magos nos elucida un modelo de vida para nosotros mismos. Cuatro verbos señalan unos cuatro acciones que hacemos los que queremos responder al amor de Dios. Los cuatro son: buscar, encontrar, adorar, y regresar—pero ¿cómo?

Primero: buscar. Los magos fueron en su viaje buscando no-sabían-qué. Tenían el corazón atento a la voluntad de Dios, una mente abierta a su revelación. Miraban los cielos como lo solían hacer, y vieron una estrella nueva que mucho les llamó la atención. La interpretaron como una revelación divina, revelación del nacimiento de un rey. Y la siguieron en busca ya de un niño recién nacido. Quién fuera y dónde lo encontraran no lo sabían. Pero siguieron fielmente el señal de la estrella que los guiaba y fueron conducidos a la capital del reinado de los judíos, Jerusalén, y allí pidieron audiencia con la autoridad civil en toda sinceridad.

Muy diferente es la actitud del rey Herodes. Éste, al escuchar el relato de los magos, no se emocionó sino que sintió celos para con el niño. Aparentemente el rey, al enterarse de su noticia, ha de haber explotado, figurativamente hablando. El evangelio dice: Herodes se hizo muy intranquilo y con él toda Jerusalén.

Herodes llamó a sus consejeros para aprender lo que sabían ellos del “prometido de Dios”, y envió a los magos a continuar su jornada hacia Belén, donde las Sagradas Escrituras indicaron el Mesías naciera.

Saliendo de Jerusalén, los reyes continuaron su busca hasta que la estrella proveída por Dios los condujo a la casa donde estaban su madre María y el niño. Allí, con inmensa alegría, los encontraron. Tomemos en cuenta: los magos buscaron, y buscaron hasta que encontraran al niño rey. No se aburraron de la búsqueda. No abandonaron su misión.

Luego se postraron en adoración ante el niño, ofreciéndole regalos, cosas de gran valor: oro, incienso y mirra.

Por último, según el relato bíblico, los magos, advertidos por otro señal, esta vez, un mensaje recibido en un sueño, regresaron a su país por un camino diferente.
En estos cuatro asuntos, el buscar, el encontrar, el adorar y el regresar, veo un modelo para nuestra participación en la reunión dominical de la Eucaristía, y el modelo de una vida de correspondencia con Dios.

Cada domingo, venimos a la Misa en busca. Así como los magos, buscamos al Cristo, el Mesías, el que nos puede y quiere salvar, liberar. La luz de su sabiduría resplandece aquí, y nos atrae en cuanto estemos abiertos a ella, y si no sea que tengamos motivo para estar intranquilos en su presencia. Es cuestión de la actitud que mostramos, de la condición de nuestro corazón. Tenemos que seguir buscando con un corazón cada vez más puro para encontrar a Cristo de verdad.

En esta reunión dominical encontramos al Cristo—ya bebé, ya niño, ya joven, ya hombre, ya crucificado, ya resucitado. Encontramos al que fue enviado por Dios para llevar la vida humana (nuestra vida) de una manera divina. Cristo nos enseña entregarnos por completo a Dios Padre para que experimentemos la salvación.

Aquí en la mesa del sacrificio de Cristo, nos unimos al mismo Cristo y a su madre, en una confianza semejante a la de los magos; y, así como ellos le ofrecieron sus regalos, le ofrecemos al Cristo lo mejor de lo nuestro: el tiempo a nosotros prestado, los talentos particulares que tenemos, y el tesoro que amontonamos en este mundo. A través de la oración, del servicio a la iglesia y la comunidad, y del dinero desde nuestros beneficios, le entregamos a Dios en Cristo una ofrenda cada vez más pura y completa.

Buscar, encontrar, adorar, y ¿qué? Regresar—pero ¿cómo?

Al fin de esta reunión semanal, regresamos a la vida diaria cambiados por el encuentro con Cristo, convertidos a la fe de Jesús mismo en su Padre, purificados del pecado y cada vez más dedicados a servir a nuestro Señor. Seguimos un nuevo camino, quien es Jesucristo mismo, cuya vida es del todo el modelo de una entrega digna de Dios. Esta es la vida de comunión, de una participación en la vida de Dios.

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