Queridos amiguitos míos, quisiera comentarles una vez que participaba yo en una competencia de ortografía. Competíamos por una de dos premios: una linda cajita de plástico para lápices, etc., y un pequeño diccionario. Era yo bastante capaz en cuanto a la ortografía; y en la competencia hacía bien. Por último, llegamos una compañera de clase y yo, al punto en que ninguno de los dos iba a equivocarse. Al fin, ella me ganó porque me apresuré en decir mi respuesta. Sí la ortografía la sabía; sólo que me la expresé mal. A la niña que ganó le tocó seleccionar entre los dos premios. Seleccionó la cajita tan linda de plástico. Yo recibí el diccionario. No me acuerdo de haberlo usado jamás.
Claro que hoy, uso el diccionario muchísimo. Él me asegura de la ortografía de palabras; me aclara los significados de las palabras; acaba con las discusiones que tengo con mis amigos sobre palabras. Hoy en día, reconozco que el diccionario vale mucho más que la cajita linda de plástico.
En los días cuando Jesús andaba por la tierra, él compartió con sus discípulos y con otros sus enseñanzas, el perdón, el consuelo. En breve, compartía con ellos su vida; esto fue del todo una experiencia maravilla para ellos. Se les encantó el estar con Jesús. Una cena con Jesús ellos esperaban con gran emoción.
En el momento en que Jesús iba de regreso a su Padre en el cielo a través de su muerte, resurrección y ascensión, se entristecieron muchísimo sus amigos al oírle hablar de lo mismo. No pudieron ni comprenderlo ni creerlo. Y al mirar a Jesús colgado en la cruz, se sacudieron profundamente sus amigos más cercanos. A un principio, la noticia de la resurrección misma de Jesús les parecía “desvaríos”, “puros cuentos”. Pero desde ese día, Jesús se presentaba vivo ante ellos una y otra vez: en el huerto donde lo habían enterrado, en una sala de puertas cerradas, en un camino tranquilo, en la orilla de un lago.
En estos encuentros les enseñó que sí, estaba vivo, pero cambiado. Comió con ellos ahora, también, pero en su mayor parte para demostrar lo de que estaba vivo. Habló de las mismas verdades que antes, pero ya de una manera nueva. Y luego, como oímos en las lecturas de hoy, Jesús se les desapareció. No lo iban a ver jamás con los ojos del cuerpo.
Pues, quizás pensemos que el desaparecer Jesús les entristeciera a sus amigos más íntimos, así como el pensar de su muerte venidera les entristeció. Pero dicen las lecturas que después de que Jesús “se fue elevando a la vista de ellos”, los discípulos “regresaron a Jerusalén, llenos de gozo. Jesús les había mandado que permanecieran en Jerusalén y allí esperaran a que se cumpliera la promesa de Dios Padre, y dijo que ellos fueran “bautizados con el Espíritu Santo”. Los discípulos fieles confiaron en la promesa de Jesús; y esta confianza les llenó de gozo.
Mirando a Jesús ya con ojos de fe, lo vieron ya resucitado de la muerte, víctor sobre el pecado y la muerte, y digno de su confianza. Reconocieron que Jesús cumpliera sus promesas; siempre podrían contar con él.
Así comenzó la vida de la Iglesia, del pueblo Cristiano a través de los dos mil años Cristianos. Ya no vemos a Cristo como vemos los unos a los otros—como uno parado aquí en medio de nosotros, enseñándonos. Sin embargo reconocemos con ojos de fe que él está, de hecho, enseñándonos aquí y ahora (tanto a ustedes como a mí). No tenemos una comida con Jesús de corderito asado con vegetales frescos, etc.. Pero Jesús ya nos sirve en esta mesa algo mucho más valioso, un “pan” que nos proporciona la vida sin fin, el justo ser del que se llama “el Pan de Vida”.
Tal vez nos gustaría más que Jesús se quedara con nosotros de la manera a la que estamos acostumbrados. Pero la manera en que está de hecho con nosotros hace posible que Jesús esté con todos nosotros, no sólo con unos pocos. Jesús no está limitado a sentarse con unos pocos discípulos alrededor de una mesa, ni con un grupo de 250 o de un mil de nosotros en un gran salón de banquete. Jesús está con todos nosotros. Jesús guía, robustece y enseña a su Iglesia “extendida por toda la tierra”. Jesús nos está formando en uno a todos sus hermanos “dispersos por el mundo”, atrayéndonos al Padre por la fuerza del Espíritu.
Ésta es una parte del significado de la Santa Comunión a la que Jesús les invita participar hoy por vez primera.
Que no sólo participen ustedes con nosotros de la vida de Cristo aquí en la mesa de su sacrificio, sino que compartamos con todos en el mundo el gozo de vivir en Cristo de día en día.
Amén.
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