Nuestra fe es un caminar hacia una meta que sólo Dios conoce. No es la vista de algo evidente, sino una comunión de confianza con Él que ve de verdad.—L. Deiss
Hoy, la Iglesia propone a sus miembros una meditación sobre el misterio del gran Dios de la eternidad, Dios infinito. Dios es uno. Y se nos revela en tres Personas, con nombres familiares: Padre, Hijo y Espíritu.
Dios es santo. El Padre es santo en el amor que muestra al Hijo. El Hijo es santo en el amor que devuelva al Padre y que derrama con su sangre preciosa sobre nosotros y nuestros semejantes desde la cruz. El Espíritu es Santo en recordarnos lo que el Hijo enseñó a sus primeros discípulos.
Dios es amor, fidelidad, comunión. Podemos fijarnos en esta persona u otra, diciendo que el Padre es la fuente del amor, el Hijo recibe el amor del Padre y se lo devuelva en humildad y gratitud, el Espíritu es la comunión entre el Padre y el Hijo—y por eso decimos que el Espíritu Santo “procede del Padre y del Hijo”. Pero tal vez es más correcto hablar del amor, la fidelidad y la comunión que son cualidades de la vida de Dios que aparecen en nuestras familias mientras nos dedicamos a rendirle a Dios el homenaje de una vida que es, humanamente hablando, “buena”.
Hoy, unos padres traen a sus hijas para iniciarlas en la vida de Dios, el misterio del amor, la fidelidad y la comunión. Los padres mismos, así como todos nosotros, intentan llevar la vida divina en la vida familiar. De una manera más misteriosa, el amor de Dios une a la familia y hace brillar la familia con una luz suave, tierna y calurosa. Cuando fielmente seguimos a Cristo en su fidelidad, humildad y gratitud, la luz del amor ilumina nuestro caminar.
En los momentos de la vida cuando sigamos otro sendero, la vida familiar sufre, se debilita. Pero esto no es lo que queremos enseñarles a nuestros hijos. Deseamos mostrarles el camino hacia la felicidad, la felicidad que no se acaba. Queremos protegerlos de todo lo que les puede hacer daño. Anhelamos el Cielo que espera a los que se dedican, con fe, a seguir a Cristo, no sólo de palabra, sino de hecho también. Y buscamos la meta solamente conocida por Dios a través de seguirle al Hijo Único, Jesucristo, y guiados por la luz del Espíritu Santo en la Iglesia que es su Cuerpo en el mundo.
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